Mas alla del espejo.

Más allá del espejo...

Cuando terminé la carrera de Psicología, hace trece años, tenía un título en la mano… y una profunda confusión en el corazón.

Tenía 24 años y no sabía quién quería ser.

No me veía como terapeuta. No me sentía preparada. No sabía qué rama elegir ni hacia dónde dirigir mi vocación. Lo único que tenía claro era que algo dentro de mí buscaba sentido… aunque todavía no sabía dónde encontrarlo.

En ese momento de mi vida vivía dividida en dos mundos.

Por un lado, estaba mi mundo interno. Desde el colegio me fascinaba el desarrollo personal y la espiritualidad. Recuerdo a mi madre estudiando Un Curso de Milagros y contándome, con entusiasmo, todo lo que aprendía después de cada clase. Yo era muy joven, pero algo en mí se encendía al escucharla. Sentía que esas conversaciones hablaban de algo más grande, más profundo, más verdadero.

Por otro lado, estaba mi mundo externo. El mundo de lo físico, lo estético, el cuerpo, la imagen. Me importaba cómo me veía, qué comía, cuánto pesaba. Mi padre, apasionado por la salud y el bienestar, también sembró en mí ese interés por la alimentación. Y sin darme cuenta, empecé a relacionar disciplina, cuerpo y control con una forma de seguridad.

Vivía entre la profundidad del alma… y la superficialidad del espejo.

Y aunque el mundo interior me llamaba, la inseguridad me anclaba a lo visible.

Como no sabía qué camino tomar dentro de la psicología, decidí estudiar un Máster en Nutrición y Dietética Humana en Barcelona. La alimentación me gustaba, sí. Pero si soy honesta, también era una manera socialmente aceptada de seguir perfeccionando mi cuerpo.

Estudiar nutrición fortaleció mi deseo de comer “bien”. Sin embargo, yo seguía atrapada en dietas restrictivas. Hasta que en la universidad tomé una asignatura llamada Salud en Todas las Tallas. Fue un antes y un después. Un despertar. Por primera vez escuché algo radical: que la salud no dependía del peso y que el cuerpo no era un proyecto que arreglar.

Empecé a escuchar mi cuerpo. Empecé a cuestionar las dietas. Empecé a soltar.

Pero soltar no es lineal.

Volví a mi ciudad natal, Cartagena, y aunque había integrado conceptos de alimentación consciente, una parte de mí seguía obsesionada con el físico. Si no era la comida, era el ejercicio. Si no era el peso, era el porcentaje de grasa. Siempre había algo que mejorar.

En esa época yo creía que el amor propio era comer saludable e ir al gimnasio.

Y estaba convencida de que me amaba muchísimo.

Durante trece años tuve tres relaciones que no funcionaron. Y cada ruptura me llevaba a la misma pregunta:¿Cómo puedo amarme más para atraer algo diferente?

Intentaba medir el amor propio como si fuera una cifra, una fórmula, una meta alcanzable. Leía libros, hacía cursos, meditaba, buscaba terapias alternativas… Todo con la esperanza de resolver “lo que estaba mal en mí”.

Hasta que la vida me mostró el espejo más claro.

Mi última relación fue con alguien profundamente enfocado en lo físico, en la imagen, en la comida, en el entrenamiento. Al principio pensé que encajábamos. Pero con el tiempo me di cuenta de que esa parte profunda y espiritual que tanto valoraba en mí… no era vista, ni nutrida.

Y cuando una mujer empieza a crecer hacia adentro, ya no puede conformarse con lo superficial.

A los 32 años terminé esa relación.
32 y soltera.
En mi mente resonaba el viejo miedo: “Me dejó el tren.”

Pero no era el tren el que se iba. Era yo la que estaba a punto de partir.

Siempre había querido vivir fuera de Cartagena. Explorar el mundo. Expandirme. Y entendí que ese era el momento. Me fui a España.

Las consultas de nutrición ya no me llenaban como antes. Me gustaba acompañar a personas, pero lo que realmente me apasionaba no eran los planes alimentarios, sino las conversaciones profundas: la relación con el cuerpo, las inseguridades, el apego a la imagen, la búsqueda de validación.

Entonces apareció una palabra que lo cambió todo: Psicología Transpersonal.

Cuando comencé el máster en Terapia Transpersonal sentí algo que no había sentido en años: expansión. Vitalidad. Coherencia. Era como si mi alma hubiera estado esperando ese momento.

Volví a brillar.

Mientras estudiaba, atravesé mi propio proceso profundo de sanación. Y fue allí donde entendí algo que transformó mi vida:

El amor propio no es ir al gimnasio.
No es comer perfecto.
No es verte bien en el espejo.

El verdadero amor propio es reconocer tus luces y tus sombras… y elegir abrazarte completa.

Es dejar de intentar arreglarte.
Es dejar de medir tu valor.
Es dejar de negociar quién eres para encajar.

Poco a poco fui soltando creencias limitantes. Gané seguridad. Dejé de vivir desde la exigencia y empecé a vivir desde la conciencia. La comida dejó de ser una herramienta de control. El ejercicio dejó de ser castigo. Mi cuerpo dejó de ser un proyecto.

Y entonces entendí que mi camino nunca fue solo la nutrición.

Era la integración.

Dejé mi marca anterior y nació MC Wellness. No como un negocio, sino como la expresión de mi historia. De mi transformación. De mi reconciliación con lo que soy.

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