Lo que mi embarazo me confirmó sobre el amor propio…

Lo que mi embarazo me confirmó sobre el amor propio...

Siempre pensé que cuando quedara embarazada lo más difícil serían los cambios físicos.

Imaginaba la transformación del cuerpo, el aumento de peso, la ropa que ya no quedaría igual. También imaginaba lo emocional: las hormonas, la sensibilidad, los miedos. Escuchaba a personas cercanas hablar de lo duro, lo retador, lo abrumador que podía ser.

Y yo pensaba: “Bueno, tendré apoyo emocional. Para eso existe la terapia, la doula, las herramientas.”

Sentía que iba preparada para lo difícil.

Lo que no sabía… era que no sería una lucha.

Un embarazo intencional… y sorprendentemente rápido

Mi embarazo fue buscado. Intencional. Deseado.

Y llegó en el primer intento.

Lo viví como una bendición inmensa. Como si la vida me dijera: “Es ahora.”

Antes incluso de ver el positivo, mi cuerpo ya me lo estaba diciendo. Fue una certeza corporal. Una conexión profunda y casi inmediata. Algo dentro de mí sabía que estaba embarazada.

Y así comenzó todo.

El primer trimestre: náuseas, cansancio… y miedo silencioso

Los cambios fueron rápidos. Muy rápidos.

Inflamación. Náuseas. Cansancio.
La ropa dejó de quedarme casi de un momento a otro.

Siempre he sido una persona activa, pero por miedo decidí que durante los dos primeros meses no haría ejercicio. Y eso, aunque parezca pequeño, también fue un cambio psicológico para mí.

De pronto mi cuerpo ya no respondía igual.
Mi energía no era la misma.
Mi ritmo cambió.

Y junto con los cambios físicos apareció el miedo.
Miedo a que todo estuviera bien.
Miedo a que el bebé estuviera sano.
Miedo a cada cita médica.

Un miedo silencioso, pero presente.

Lo que creí que sería lo más difícil… fue lo más amoroso.

Hoy tengo cuatro meses y medio.

Y cuando miro hacia atrás, reconozco algo que no esperaba:
mi relación conmigo ha evolucionado aún más.

Esto no significa que no haya días retadores. Los hay.
Pero, en general, me he sentido tranquila. En paz. Agradecida. Ilusionada.

Y esto me sorprende.

Porque si hay algo que fue un trabajo profundo en mi vida, fue mi relación con mi cuerpo. Durante años estuve muy enfocada en lo estético. En cómo me veía. En el control.

Yo creía que cuando llegara el embarazo sería mucho más difícil para mí.

Pero no lo ha sido.

Y no porque sea “más fuerte”.
No porque sea “más positiva”.
No porque haya sido magia.

Ha sido porque hubo un trabajo previo.

El embarazo no me transformó. Confirmó el trabajo que ya había hecho.

El amor propio que he construido.
La autoestima que he trabajado.
La relación más consciente con la comida.
La manera en que hoy gestiono mis pensamientos y emociones.

Todo eso me está sosteniendo.

Incluso los nervios antes de las citas ginecológicas los he podido transitar con calma. Sí, hay algo de inquietud. Pero también hay confianza. Certeza. Una sensación interna de que todo está bien.

Las herramientas que he adquirido en mi camino de desarrollo personal no se quedaron en teoría. Hoy están viviendo conmigo esta experiencia.

Decidí nutrir la confianza en lugar del miedo.

En vez de llenarme de historias catastróficas, decidí informarme. Leer. Aprender.

Decidí confiar en mi sabiduría corporal.
En mi sabiduría femenina.

En lugar de alimentar el miedo, alimento los momentos de conexión.
Los instantes de calma.
Las conversaciones silenciosas con mi bebé.

No niego que el miedo exista.
Simplemente no le doy el volante.

Llegó cuando yo estaba lista.

A veces las cosas llegan cuando estamos preparadas para habitarlas.

Y este embarazo llegó cuando yo estaba lista para vivirlo desde un nivel más alto de conciencia.

Hoy mi relación conmigo es distinta.
Con mi cuerpo, distinta.
Con la comida, distinta.
Con mi mente y mis emociones, distinta.

Y eso cambia completamente la experiencia.

No estoy viviendo este embarazo desde la lucha con mi cuerpo.
Lo estoy viviendo desde la alianza con él.

No desde el control.
Sino desde la confianza.

Si algo me ha enseñado este proceso en apenas cuatro meses y medio es esto:

Trabajarte por dentro no solo mejora tu presente.
Te prepara para los capítulos que aún no han llegado.

Y cuando llegan…
los vives desde otro lugar.

Desde más amor.
Más conciencia.
Más paz.

Y eso, para mí, ha sido el verdadero regalo.

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