Encontrar el amor no es cuestión de suerte.
Crecí en un entorno donde existe la creencia de que el propósito de la mujer es casarse y tener hijos. Así que, cuando era joven, pensaba que esa era la realidad de mi vida: ‘buscar marido es lo que hay que hacer’. No había mucho más que cuestionar.
Entonces, por ahí a los 20 años, recuerdo que empezó mi búsqueda. En el camino me encontré en distintas relaciones con mis novios del momento que, más que ser ‘amores de verdad’ —aunque yo lo creyera así desde el enamoramiento—, terminaron siendo aprendizajes profundos para mí. Al final, la pareja es el espejo más grande que tenemos. Nos refleja todo aquello que necesitamos trabajar.
Esas personas vinieron a mostrarme que me faltaba creer más en mí, confiar más en mí, tener una autoestima más alta… en otras palabras: amarme más.
Me mostraron todo el trabajo interno que me hacía falta, todos esos patrones que venía cargando y que repetía una y otra vez en mis relaciones, logrando que fueran todo lo contrario a sanas.
Desde muy pequeña me interesó profundamente el desarrollo personal y el crecimiento espiritual. Leía libros, veía videos, realizaba cursos… todo con el fin de evolucionar como ser humano, de sentirme mejor, de conectar con mi potencial, de vivir con más paz
Aquellas experiencias amorosas despertaron en mí unas ganas enormes de trabajar profundamente en mi amor propio. Y así empezó un camino muy profundo, y de muchos años, para llegar a estar donde estoy hoy.
Encontrar al amor de mi vida fue el resultado de todo ese trabajo interno. No fue cuestión de suerte. No fue cuestión de magia. Fue cuestión de sanar. De soltar creencias que me limitaban sobre el amor, la pareja, los roles entre hombres y mujeres. De trabajar en convertirme en la persona que estuviera lista para atraer un amor a la altura de lo que buscaba.
Ese proceso incluyó tener absoluta claridad sobre lo que quería. Literalmente escribir en un papel cómo quería sentirme en una relación, qué cualidades buscaba en una pareja, para poder reconocerlo cuando apareciera.
También incluyó formarme en Un Curso de Milagros, lo cual me dio paz, tranquilidad y calma mientras navegaba la vida soltera. Y eso fue fundamental para atraer el amor. Porque desde la paz atraemos, y desde la angustia alejamos.
Ese proceso también implicó confiar en la vida, en el universo, en Dios. Tener la plena certeza de que aquello que yo había escrito en ese papel —ese hombre, esa relación— existía y estaba allá afuera. Esperándome.
Incluyó paciencia. Mucha paciencia. La paciencia de entender que las cosas llegan, pero llegan en el tiempo de Dios, del universo… no necesariamente cuando una quiere.
Ahora, hablemos de la creencia de que el propósito de la mujer es casarse. Esa creencia hace que muchas mujeres se afanen en el proceso de encontrar esposo. Hace que se equivoquen al escoger, que elijan desde el miedo a estar solas, desde la urgencia de “cumplir”, y no desde la claridad. Hace que mujeres con un fuerte propósito profesional se sientan culpables, aisladas o fuera de lugar.
Esta creencia nos limita como mujeres. Nos hace pensar que “fuimos hechas para el marido y los hijos”, y desde ahí aparecen muchas limitaciones a la hora de hacer dinero, de crecer profesionalmente, de ocupar espacios de poder y éxito.
En resumidas cuentas, a lo que voy es a esto:
el propósito de una mujer no es casarse.
No es tener hijos.
No es ser exitosa profesionalmente.
El propósito de una mujer es conocerse tan profundamente que pueda alejarse de las voces externas y encontrar su voz interna. Vivir de manera coherente con los deseos genuinos y más profundos de su corazón.
Eso es lo que la lleva a su plenitud y a su verdadero potencial. Y entender también que, a lo largo del camino, esos deseos pueden cambiar. Y que está bien.
Que necesitamos soltar ideas preestablecidas para permitirnos flexibilidad, libertad y elección.
Y hacer aquello que decidamos hacer —sea maternar, crear, liderar, lo laboral o todo a la vez— desde la consciencia, la presencia y el amor.