Reconocer el camino recorrido
A veces es fácil enfocarnos en todo aquello que creemos que nos hace falta.
En lo que “no estamos haciendo bien”.
En lo que aún no somos.
Muchas personas viven desde esa sensación constante de carencia, y les cuesta profundamente reconocerse. Reconocer todo lo que han atravesado, cada paso que han dado, cada decisión difícil que los ha traído hasta donde están hoy.
Una autoestima baja suele sostener esta forma de mirar la vida. Y no, esto no va de promover una mentalidad de conformismo. Todo lo contrario. Siempre he creído que todo aquello que nos proponemos —cuando nace de un deseo genuino y no de la necesidad de cumplir expectativas externas— es posible, si estamos dispuestos a hacer el trabajo interno que requiere.
El problema es que una baja autoestima nos instala en una narrativa silenciosa de inferioridad. Una voz que minimiza nuestros logros y maximiza nuestras exigencias. Nada parece suficiente. Nunca es suficiente. Y entonces nos volvemos expertos en señalarnos lo que falta, pero torpes para reconocer lo que ya hemos construido.
Reconocerte no significa quedarte quieta.
No significa conformarte.
Significa ser capaz de mirar atrás y ver todo el esfuerzo, la disciplina, las decisiones incómodas y el trabajo —físico, mental y emocional— que te han permitido llegar hasta aquí.
Y no se trata de comparar logros. Las metas son profundamente personales. Para alguien el sueño puede ser una casa grande; para otra persona, desapegarse del mundo material. Ambas aspiraciones son válidas. Lo importante no es la forma que toma el logro, sino la coherencia con quien eres.
Hace poco, mirando fotos del último año y observando el lugar en el que estoy hoy, pensé: cuantas vueltas ha dado mi vida.
No suelo fotografiarme cuando lloro, sino cuando sonrío. Pero la verdad es que mi vida ha sido un sube y baja constante de emociones y experiencias. Algunas profundamente luminosas, otras incómodas y dolorosas. Y aun así, al mirar atrás, puedo reconocer algo con mucha claridad: nada de lo que hoy vivo ha sido casualidad.
Todo ha sido intencional.
Fruto de trabajo.
De acción y de pausa.
De mentalidad, manifestación, confianza y certeza en la vida.
Creo profundamente que existe algo más grande —llámalo Dios, universo o como resuene contigo— y que muchas de las experiencias que vivimos forman parte de un guion transpersonal mayor. Pero también creo que tenemos una enorme capacidad de co-crear nuestra vida junto a esa fuerza. No somos espectadores pasivos. Participamos activamente, cada día, con cada decisión.
Hoy puedo mirar mi vida y reconocer:
Trabajar en lo que amo y disfrutarlo.
Vivir en Europa.
Haber terminado un máster en Terapia Transpersonal y haber sido escogida como tutora de dos promociones seguidas.
Ser colombiana y acompañar a personas en distintas partes del mundo, recibiendo ingresos en euros y dólares.
Tener un grupo de amigas —viejas y nuevas— que quiero profundamente.
Llevar un estilo de vida sano.
Sostener dos clubs de lectura: uno íntimo y uno profesional.
Encontrar al amor de mi vida.
Vivir en una casa con vistas a un jardín.
Nada de eso fue suerte.
Fue coherencia.
Fue elección.
Fue trabajo interno.
Y aquí vienen dos mensajes importantes.
El primero: reconócete. Mira atrás. Observa dónde estás hoy y celébrate. Celebra cada paso, incluso los que dolieron. Estoy segura de que lo que has construido no es casualidad, sino el resultado de tu intención y tu compromiso contigo.
El segundo: la vida no sucede por azar. La vamos co-creando día a día, semana a semana, decisión a decisión.
Si hoy hicieras el ejercicio de visualizarte en cinco años y observar cómo eres y cómo es tu vida, la pregunta clave sería:
¿lo que estás haciendo hoy te está acercando a esa versión?
Si la respuesta es sí, confía.
Y si la respuesta es no, recuerda esto: en gran parte, está en tus manos crear la vida que imaginas.
Con consciencia.
Con intención.
Y con amor propio.