SOLTAR LA MIRADA EXTERNA ES VOLVER A CASA.
Uno de los mayores obstáculos que encontramos en la vida es vivir pendientes del qué dirán, buscando constantemente la aprobación de los demás.
Es una de las prisiones más sutiles y a la vez más profundas: una jaula invisible que limita nuestra libertad, nuestra autenticidad y nuestra paz.
¿De dónde nace esa necesidad de validación?
Cuando nacemos dependemos completamente de nuestros padres. Necesitamos su atención, su amor, su cuidado y su aceptación. Eso es natural, sano y necesario para nuestra supervivencia emocional y física.
Cuando un niño recibe atención y afecto de forma equilibrada, crece confiando en sí mismo y en la vida. Aprende que puede ser amado tal como es, sin necesidad de “ganarse” ese amor.
Pero cuando la atención solo llega bajo ciertas condiciones —cuando se premia el “portarse bien” y se castiga duramente cualquier error— el niño aprende un mensaje distinto: que para ser amado, debe merecerlo.
Ahí se forman dos creencias fundamentales:
- “Tengo que portarme bien para ser visto y querido.”
- “Debo agradar a los demás para ser aceptado y pertenecer.”
Durante la infancia, la búsqueda de validación y aceptación de padres tiene sentido. Buscamos amor, atención y pertenencia; y si para conseguirlo tenemos que complacer, lo hacemos. Al fin y al cabo, dependemos de nuestros padres para sobrevivir, tanto física como emocionalmente.
Sin embargo, con el paso del tiempo, esa necesidad de aprobación se vuelve una forma de vida. Creamos un personaje que actúa, habla y decide desde el deseo de agradar, no desde la autenticidad. Nos acostumbramos a medir nuestro valor en función de cómo nos miran los demás, y poco a poco nos desconectamos de lo que realmente somos.
La lealtad al clan…y la extensión al mundo.
Lo que comenzó como una necesidad de pertenecer al “clan familiar” por supervivencia, se extiende a otros ámbitos: a nuestros compañeros de trabajo, amigos y/o parejas. Buscamos aprobación en todas partes, y sin darnos cuenta, nos convertimos en alguien que vive para cumplir expectativas ajenas.
Al final, el precio que pagamos es muy alto al desconectarnos de nuestra esencia.
Vivir buscando validación externa es la mayor prisión porque nos aleja de lo más valioso: nuestra verdad interior. Y solo cuando empezamos a reconocer este patrón y a soltar la necesidad de complacer, podemos re conectar con nuestra verdadera identidad. Esa libertad llega cuando poco a poco empezamos a atrevernos, a escucharnos, a ser fieles a nosotros mismos, restándole importancia a lo que opinen los demás.
Y solo así es que podremos ser libres de verdad y vivir una vida alineada con la autenticidad.