Por qué hablo tanto de energía femenina y masculina (y qué tiene que ver con tus relaciones)
Porque he visto una y otra vez, tanto en mi vida como en mi práctica profesional, el enorme impacto que tienen en las relaciones que atraemos y en las que decidimos mantener.
Quizás ya me has escuchado decirlo en otros blogs o videos: la energía masculina es la que aporta dirección, estructura, acción, lógica y capacidad para avanzar hacia un objetivo. La energía femenina, por su parte, está relacionada con la sensibilidad, la intuición, la creatividad, la receptividad y el mundo emocional.
Y cuando hablo de energía masculina y femenina, no estoy hablando de hombres y mujeres.
Estas energías no tienen género. Todas las personas tenemos ambas. Una mujer puede tener una energía masculina muy desarrollada y un hombre puede tener una energía femenina muy presente. El problema no es cuál predomina, sino cuando existe un desequilibrio entre ambas.
Vivimos en una sociedad que durante mucho tiempo ha valorado más las cualidades asociadas a la energía masculina: producir, lograr, competir, resolver, hacer. Hemos aprendido a admirar a quienes avanzan sin detenerse, a quienes son fuertes, eficientes y productivos.
Mientras tanto, las cualidades de la energía femenina, sentir, descansar, recibir, conectar, escuchar, crear, han sido vistas como menos importantes o incluso como una debilidad.
El resultado es que no solo los hombres han aprendido a sobrevalorar la energía masculina. Las mujeres también.
Y cuando una energía es reconocida y premiada mientras la otra es ignorada o rechazada, aparece la distorsión. Una parte de nosotros se desarrolla en exceso mientras la otra queda relegada.
Pero esto no empezó con nuestra generación.
La mayoría crecimos observando estos desequilibrios en casa.
Quizás viste a una madre que sostenía emocionalmente a toda la familia, pero que tenía dificultades para poner límites o priorizarse. O quizás viste a una madre extremadamente fuerte, resolutiva e independiente que sentía que no podía permitirse bajar la guardia.
Tal vez tuviste un padre muy conectado con la acción, el trabajo y las responsabilidades, o quizá uno más emocional y sensible. Cada combinación familiar deja una huella distinta.
Sin darnos cuenta, aprendemos qué significa amar, relacionarnos y ocupar nuestro lugar en el mundo observando esas dinámicas.
Y después, llevamos esos aprendizajes a nuestras relaciones adultas.
Por eso me parece tan fascinante este tema.
Porque el equilibrio o desequilibrio entre nuestra energía masculina y femenina influye directamente en el tipo de personas que atraemos.
Por ejemplo, una mujer que vive principalmente desde su energía masculina puede sentirse atraída por una pareja con una energía más femenina, creando una sensación de complementariedad. O puede atraer a alguien con una energía masculina muy fuerte, generando una dinámica donde ambos intentan liderar y terminan atrapados en luchas de poder constantes.
Ninguna de estas situaciones es buena o mala en sí misma. Lo importante es comprender qué está ocurriendo debajo de la superficie.
Porque el objetivo no es vivir en los extremos.
No se trata de ser más femenina o más masculina.
Se trata de desarrollar ambas energías dentro de nosotras.
De aprender a actuar cuando es necesario y también a recibir.
De saber poner límites y también abrir el corazón.
De perseguir nuestros objetivos sin desconectarnos de nuestras emociones.
De encontrar un equilibrio interno que nos permita relacionarnos desde la libertad y no desde la carencia.
Cuando hacemos ese trabajo interior, las relaciones dejan de ser un lugar donde buscamos que alguien nos complete.
Y se convierten en un espacio donde dos personas completas pueden encontrarse, crecer y construir juntas