La que fui, la que soy, la que está naciendo.
El otro día estuve pensando en todos los personajes con los que nos vamos identificando a lo largo de nuestra vida. En mi caso: la terapeuta, la cantante, la artista, la yogui, la mujer deportista, fit, la que se alimenta conscientemente, la emprendedora, la complaciente… y, bueno, mil personajes más.
Pero, sobre todo, hay algunos con los que nos sobreidentificamos. Pasan los años y siguen ahí. Sobre esa base construimos gran parte de nuestra personalidad.
Con el embarazo, muchos de esos personajes se han ido desvaneciendo o difuminando, porque lo que está pasando en mi cuerpo simplemente no me permite seguir relacionándome con ellos de la misma manera. No me he sentido igual a nivel físico y mi foco de atención también ha cambiado. Mi mente no funciona del mismo modo y mi energía tampoco es la misma. Eso quiere decir que esos personajes con los que me he identificado durante tantos años han tenido que transformarse y adoptar nuevas formas.
No ha sido un proceso sencillo. En algunos momentos me he sentido frustrada. Sin embargo, profundizar en esta experiencia me ha llevado a reflexionar sobre cómo este es, en realidad, un proceso que dura toda la vida.
Hay veces en las que conscientemente decidimos soltar ciertos personajes, y hay otras en las que las circunstancias externas nos empujan a hacerlo. Y sí, puede que sea algo temporal o puede que no. Es la primera vez que estoy embarazada y estoy segura de que lo que viene me va a cambiar de muchas maneras. Voy a mutar, voy a transformarme en otra mujer, aunque mantenga mi esencia.
De todo esto saco dos conclusiones importantes. La primera es que todos esos personajes son construcciones que hemos creado a lo largo de nuestra vida por diferentes motivos. Algunos han surgido desde la rebeldía o como mecanismos de defensa. Otros han nacido de la vocación, el propósito o el simple gusto.
Sin embargo, lo importante es recordar que, así como podemos cambiar y evolucionar de un personaje a otro, en realidad no somos ninguno de ellos. Somos mucho más que eso. Somos la conciencia que observa ese flujo constante de cambios, el testigo que permanece mientras todo lo demás se transforma.
La segunda conclusión es que cuando nos sobreidentificamos con algún personaje nos estamos limitando. Estamos diciendo: “Yo soy esto y no puedo ser de otra forma”. Pero cuando nos abrimos a comprender que todo esto es más parecido a un juego, que podemos cambiar, explorar y jugar a ser distintas versiones de nosotros mismos, se abre ante nosotros un mundo de posibilidades infinitas.
Porque ya no soy solamente la mujer profesional, independiente y capaz de hacerlo todo sola. También me permito ser la mujer que puede depender de otros, que sabe pedir ayuda cuando la necesita y que se deja sostener. Y es ahí donde ocurre algo hermoso: todos los personajes pueden coexistir.
Justamente ahí es donde encontramos nuestro verdadero potencial. Cuando desde la libertad podemos escoger quién queremos ser en cada momento. Cuando dejamos de aferrarnos a una única identidad. Cuando nos volvemos flexibles y aprendemos a fluir con la vida, en lugar de resistirnos a ella.